“`html
Nació en una isla desierta de la Polinesia y terminó manejando un proyecto con casas de US$40 millones
La inspiradora historia de Carl Emberson, el hombre que maneja el complejo residencial de lujo en Punta Mita, México, y sueña con regresar a Sudamérica.
Carla Quiroga
Carl Emberson es un apasionado del golf. Una isla en la Polinesia, un parentesco con la realeza de Tonga y un consejo paterno que lo marcó pero no lo condicionó. “¿Querés ser hotelero? Es una de las carreras más difíciles porque, como los pilotos de avión, tienen un alto riesgo de suicidio, alcoholismo o divorcio”, me dijo mi padre… “De todas zafé”, aclara Carl Emberson, entre risas.
Su historia inspira. El hombre que maneja el complejo residencial de lujo y destino turístico Punta Mita en México nació en la Polinesia, en Suva, la capital de Fiyi, y desde hace más de 35 años trabaja en la industria de la hotelería. Hoy es el número uno de un emprendimiento inmobiliario de 750 hectáreas ubicado en la Riviera Nayarit, en la costa oeste de México, con 27 barrios, dos hoteles cinco estrellas, dos más en construcción y casas que oscilan entre los US$3 millones y los US$40 millones. Punta Mita, además, es uno de los destinos preferidos de los americanos y canadienses de alto poder adquisitivo y el lugar elegido por muchas estrellas del espectáculo para pasar sus días de descanso.
Los Emberson en familia: Chiara, Sabine, Carl y Tatiana.
“Es momento de comprar, no de vender”: los principales brokers anticipan una suba en el precio de las propiedades.
Su infancia nada tiene que ver con el mundo en el que se mueve hoy. Una casa a orillas de un río, un pueblo fiyiano enfrente y los primos como vecinos. “La vida giraba en torno al aire libre”, recuerda. Deportes, pesca submarina, buceo, fines de semana en barco. Sin televisión. Con una rutina marcada por el clima, el mar y la cercanía con las culturas locales.
Ese entorno dejó una marca temprana. Emberson suele explicar que su idea de hospitalidad no nació en un aula de la escuela de Suiza donde estudió hotelería, sino en ese contacto cotidiano con una comunidad donde el vínculo con el otro siempre fue central. “Los fiyianos son naturalmente hospitalarios”, reconoce como parte de su ADN de hotelero.
En su historia aparece, como dato de color, un vínculo con la realeza. Su abuela Matilda era originaria de Tonga y prima de la reina. La familia recibió, incluso, una isla como legado, con una condición particular: debía haber siempre un Emberson viviendo allí. La propiedad no implica títulos —toda la tierra en Tonga pertenece a la Corona—, pero sí una continuidad simbólica que aún se mantiene, con familiares que habitan el lugar. Parte del folclore familiar de los Emberson.
Carl Emberson junto a Scottie Scheffler, número uno en el ranking mundial de golf.
Más determinante fue la influencia de su padre. Nacido también en Fiji, fue entrenador del equipo de rugby de Suva y de la selección nacional. De él heredó la disciplina y una idea concreta sobre el trato con los demás. “Escuchar antes de hablar” es el consejo que repite. En el tiempo, esa frase se transformó en una regla de trabajo.
A los 11 años dejó la isla. Sus padres lo enviaron como pupilo a St Ignatius College Riverview, en Sídney, Australia. El cambio fue abrupto. De un entorno abierto a la estructura de un internado. “El primer año fue duro, lloré mucho”, admite. Con el tiempo, el colegio se convirtió en un espacio de pertenencia. La formación jesuita, centrada en la exigencia académica y el desarrollo personal, tuvo un impacto en su vida que trascendió lo educativo.
El deporte fue un eje en esa etapa. El rugby, en particular, ocupó un lugar central. Emberson llegó a integrar el primer equipo y fue capitán en el año del centenario del colegio, cuando el equipo ganó el campeonato GPS. También jugó al críquet y formó parte de selecciones escolares de Nueva Gales del Sur. Sin embargo, ese camino no se proyectó como carrera profesional.
Al terminar el colegio probó estudiar Derecho en la universidad Macquarie. Duró seis meses. “No era lo mío”, sintetiza. Ese momento fue un punto de inflexión en su vida hasta que apareció una oportunidad que no parecía decisiva: un aviso en el diario para trabajar como camarero en el restaurante Beachcomber Island Theatre.
La escena es precisa. Un primer turno, una bandeja y una copa. “Descubrí mi pasión el día que serví mi primera bebida”, recuerda. Esa experiencia lo conectó con sus raíces: un ADN muy vinculado con el servicio de la hospitalidad. No hubo planificación previa ni vocación temprana declarada. Hubo, en cambio, una identificación inmediata con el ritmo del trabajo y el contacto con la gente.
Carl Emberson y Alejandro de la Barrera, un alto directivo de Dine, el grupo propietario del emprendimiento.
Los años siguientes fueron de aprendizaje práctico. Pasó por todos los roles posibles: lavaplatos, ayudante de cocina, mozo, anfitrión. A los 20 años le ofrecieron dirigir uno de esos restaurantes en Sídney. La responsabilidad llegó rápido, en un entorno exigente. “Fue un desafío grande y una experiencia que me marcó”, recuerda.
En 1984 ingresó como supervisor de banquetes en el Hyatt Kingsgate en Sídney. Ese paso formalizó su vínculo con la hotelería y lo conectó con una estructura profesional más amplia. A fines de ese año viajó a Londres, donde trabajó en el Hilton Kensington, y poco después con solo 22 años se instaló en Suiza para estudiar en Les Roches donde conoció al amor de su vida, Sabine –uruguaya, con quien lleva 37 años de casado– y madre de sus dos hijas: Tatiana y Chiara. Se casaron en 1988 en Punta del Este sin imaginar las aventuras profesionales desafiantes que le prepararía su destino. Durante su formación alternó estudio y trabajo en hoteles de la cadena Hyatt en Montreux, Bruselas y Londres. Pasó por cocinas, restaurantes y posiciones de gestión. Esa rotación le permitió conocer el funcionamiento integral del negocio.
Carl Emberson junto al chef Fernando Trocca durante su paso por la Argentina.
El vínculo con América del Sur se consolidó a mediados de los 80. En Punta del Este, junto a Sabine, abrió La Pomme, un bistró francés en el puerto que mantuvieron abierto durante 10 años. El restaurante, con capacidad limitada, se convirtió en un punto de referencia durante varias temporadas. La dinámica era intensa: veranos en Uruguay, inviernos en Valle de Las Leñas, un destino en el que trabajó durante ocho temporadas. Comenzó en alimentos y bebidas hablando muy poco español como asistente de la dirección de alimentos y bebidas del resort junto con Martin Pittaluga, asistiendo a Francis Mallmann, y conoció a otros cocineros reconocidos en el mundo como Fernando Trocca, Luisa González Urquiza, Christophe Krywonis, Pablo Massey, por nombrar solo algunos.
“Aprendí muchas lecciones en esas montañas, pero una que me acompaña hasta el día de hoy: la capacidad de cambiar de rumbo y dirección rápidamente si las condiciones cambian significativamente, lo cual, en un negocio que depende del clima, ocurría con frecuencia”, profundiza. Una reflexión clave para atravesar los momentos en los que la vida lo puso a prueba.
Emberson con Lorena Ochoa, la golfista que fue número uno del mundo, y Checo Pérez, piloto de la F1 de México.
A comienzos de los años 90 se instaló en Buenos Aires y abrió el primer restaurante de Puerto Madero, Bice, cuando la zona recién iniciaba su desarrollo urbano.
También impulsó proyectos como Gato Dumas Catering y desarrolló servicios de hospitalidad vinculados a eventos deportivos y corporativos. La etapa estuvo marcada por el movimiento constante y varias crisis. Nuevos restaurantes, catering, consultoría. Algunos proyectos no prosperaron y otros debieron cerrarse por el contexto económico como el impacto del “efecto tequila” a mediados de los 90. “Fracasar y volver a empezar te forma”, reconoce sin dramatismo. “Hasta llegué a cocinar para la TV con el chef Ram

